Dr MIGUEL BENASAYAG

Nacido en Argentina y exiliado en Francia a fines de la década de 1970, reside en Paris desde aquella época, aunque visita nuestro país de manera regular.Es Doctor en psicopatología, filósofo, investigador, psicoanalista y un activo militante político.Autor de más de 30 libros publicados en 12 idiomas, entre otros:“La Fragilité” (1999), “Connaitre est Agir”(2008), “Organisme et artefacte” (2010), "Mythe de L´ individu”(2000) y “L’eloge du Coflit” (2009). Varios de ellos fueron traducidos al castellano. Actualmente es Director del Proyecto “Laboratorios Sociales en Argentina” en red con Brasil-Francia-España e Italia-

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Artículo publicado en ACTUALIDAD PSICOLÖGICA- Octubre de 2014 Título del número: TECNOLOGIA y CUERPOS y SUBJETIVIDAD

De las complejas problemáticas humanas a simples desperfectos artefactuales. Salud y educación en tiempos de tecnocracia.*

 
 Por Miguel Benasayag* y Gabriela Dueñas**.

"En una época como la actual, en la que la potencia técnico científica conoce un desarrollo exponencial increíble, la vivencia cotidiana de nuestros contemporáneos es la de una gran impotencia. Esto hace parte del problema y del desafío que tratan de comprender -teórica y prácticamente- los laboratorios sociales (LSA)”. Miguel Benasayag, 2011. 
 
 
Acerca del hombre, su cuerpo  y la tecnología en tiempos de hibrides

La post modernidad, marcada por la emergencia de nuevas y potentes técnicas que destejen concretamente el mundo biológico, parece haber abandonado la aspiración moderna de "comprender" en favor de la posibilidad concreta de preveer.
El nivel de hibridación entre lo “artefactual” y lo biológico tiene como consecuencia evidente un mixtura irreversible con la cultura, como también así con los niveles propios a la subjetividad humana.
La capacidad de intervenir, con una gran eficacidad, y a modo de ejemplo, en complejos procesos cerebrales, ha creado la fuerte ilusión de que el hombre, la cultura, el conjunto mismo de lo existente, no es mas que un “agregado” de partes elementales, un conglomerado de módulos, a partir del cual se pretende concebir al “todo” como una simple sumatoria de partes.
Este reduccionismo fisicalista esta construyendo, sobre el desteje de la sociedad y el hombre de la modernidad, un nuevo hombre y ecosistema modular agregativo.
“Todo es posible” es la consigna dominante hoy. Sin embargo, esta creencia en que semejante objetivo es posible, no es sin consecuencias en la cultura y en la psiquis humana. Porque si todo es posible, nada es real.
En efecto, todo parece indicar que esta “des realización” del mundo, esta virtualización avanza operando sobre una verdadera dislocación de los sistemas orgánicos.
Esta verdadera hibridación entre procesos técnicos y mecanismos biológicos culturales puede considerarse hoy, como una realidad ya existente, y más aun, irreversible.
Quizás el problema para poder comprenderla y actuar en consecuencia, viene del hecho que, contrariamente a la ciencia ficción, esta hibridación no es, o no es totalmente, anatómica, es decir no se ve. Pero un mecanismo de hibridación y reciclaje orgánico y cerebral consecuente a ella, no necesitan para nada ser anatómicos, para que fisiológicamente sean potentes. 
En síntesis, no es porque el fenotipo no se ve "mutante", que la mutación no existe. No solo la mutación, sino que las mutaciones son tan importantes, que la cuestión que hoy nos interpela es la de saber si el hombre, y más ampliamente la vida humana tal como se nos presenta, es compatible con nuestro mundo.
Ahora bien, hacerse la pregunta sobre la compatibilidad de nuestra especie, implica hacerse la pregunta por la compatibilidad, ya no de nuestra cultura, occidental etc. etc., sino de “la cultura” con esta era geológica que los científicos llaman el “antropoceno”[i]. Como dicen irónicamente los investigadores, el “antropoceno” es la era marcada a tal punto por la fuerte actividad transformadora del hombre, que la misma especie humana y sus culturas se ven en peligro de "extinción".
Entendámonos bien, cuando decimos cultura, vida biológica, vida psicológica, estamos haciendo referencia implícitamente a niveles de organización del organismo. Organismo, no en el sentido reduccionista biologizante, sino en el sentido que Kant da al concepto de “organismo” en su tercera crítica y en su "Opus póstuma", en el que lo esencial de esta "autoorganización", reside no solo en las potencias que puede desarrollar, sino, y quizás sobre todo, en los mecanismos de autorregulación de la misma.
Este es acaso el principal punto de nuestra preocupación, que alcanza todos los niveles y dimensiones de nuestras vidas. El objetivo del "todo es posible", del reduccionismo y del economisismo que le corresponde, es la desregularización de todo conjunto estructurado, auto estructurado. Y como podemos comprender, sin autorregulación, sin una posibilidad de frenar ante los límites de un sistema, no como lo que se opone al sistema, sino como lo que lo protege y posibilita la vida del mismo, se hace difícil vislumbrar la continuidad de la misma. Ante esta nueva realidad, todo parece indicar  que el desarrollo de la vida misma, sin estos limites estructurantes, esta hoy en juego.

De la falla al desperfecto.
Nosotros podemos decir que toda vida, en todos los niveles de su existencia, biológico psicológico, cultural, histórico, dependen de un principio fundamental, a saber, que la estabilidad de todo organismo vivo depende que éste mantenga y desarrolle una actividad que lo aleje en permanencia del equilibrio.
En efecto, el equilibrio para la vida es sinónimo de muerte o de enfermedad.
Desde este punto de vista nosotros podemos comprender que la potencia de las nuevas tendencia terapéuticas, tanto somáticas como psíquicas, apuntan sistemáticamente al logro de un equilibro del organismo; equilibrio que es pensado de acuerdo a los modelos informáticos que producen grillas de "salud" y "enfermedad".
De esta manera vemos avanzar una fuertísima tendencia "artefactualizante" que consiste en evaluar los organismos como si se trataran de artefactos. Ahora bien, un artefacto que conoce desperfectos implica siempre un problema, porque el artefacto es un ente fabricado con una finalidad a la vez práctica (útil) y transitiva, que sirva para algo, lo que nos permite su evaluación y corrección.
El problema con el que nos encontramos aquí, es que a diferencia de los artefactos, un organismo vivo se funda y existe bajo una condición de lo que podríamos llamar "una falla fundadora". Esta "falla" es una manera de nombrar los complejos procesos que permiten que un organismo vivo exista y se desarrolle siendo, el mismo, su propio fin. O sea, que un organismo no puede ser evaluado como "con desperfectos", dado que el no es ni un útil, ni un medio para un fin. La vida, toda vida es su propio fin.
En este sentido, la medicina "modular", ésta que disloca el cuerpo y la mente del paciente en funciones precisas para poder evaluar su rendimiento, es una medicina artefactualizante, que cuanto mas pretende corregir sus “desperfectos”, mas pone en peligro la singularidad propia del ser humano, es decir sus fallas fundadoras que no son otra cosa que la manifestación de la singularidad del ser viviente.
G. Cangüilhem (1966)[ii] hace ya unas décadas, explicaba en "Lo normal y lo patológico", que un organismo sano prefiere siempre perseguir su destino más que proteger su vida. Es decir, la vida de un organismo no puede ni siquiera ser confundida con su sobrevida biológica.
Este es un verdadero problema, que es un problema cultural y social. O aceptamos una sociedad y prácticas que producen una sobrevida utilitarista, en nombre de la sacrosanta "seguridad"; o bien somos capaces de defender y desarrollar una vida en su sentido más profundo y complejo.
La cuestión de fondo que se nos impone entonces es la de pensar a la humanidad en términos de “organismo” o de “artefactos”. Si optamos por pensar al hombre no como un conglomerado de módulos, es decir, no como un simple soporte de funciones cognitivas agregadas unas a otras, sino como una totalidad orgánica bio-psico-social, deberemos empezar por reconocer entonces que los límites de la ciencia en sus posibilidades de “mejorar” los organismos debe tener como horizonte la integración orgánica y no el devenir modular del mismo.
Desde esta perspectiva es necesario concebir los organismos no basándose en modelos técnicos y mecánicos que lo reduzcan a una máquina, sino teniendo en cuenta la relación del organismo con el medio en que vive, su éxito en sobrevivir en el medio (y por ende su relación con "quiebres" genéticos y "anormalidades") y su complexión que es siempre mayor que la "suma de sus partes".
No perder de vista que el organismo debe poder asimilar, metabolizar; porque para los organismos, el medio, lo que le sucede, tiene "sentido". Esta es la gran diferencia. En el mundo de lo agregativo no hay mas sentido endógeno. Es a partir de criterios y grillas exógenas que se juzga y se interviene.
En estas circunstancias, los nuevos sufrimientos psíquicos deben comprender así el componente iatrogénico de la medicalización, de la modularización del hombre y de su psiquis, que al no concebir los mecanismos orgánicos de regulación como necesarios y fundamentales, pretende extender la vida, interviniendo incluso sobre sus cerebros, favoreciendo así su colonización por la lógica de los artefactos.
Para un artefacto, cualquier desperfecto es negativo para la vida, y en especial la vida psíquica, desconociendo que las fallas son la base de las asimetrías que la fundan.

Acerca de la medicalización de los malestares contemporáneos y la vida misma:
“Pastillas para el dolor de vida”. Así se titulaba una nota aparecida en 2011 en un prestigioso periódico[iii] de circulación masiva en España, que continuaba anunciando lo siguiente: “El uso de antidepresivos se ha disparado en toda Europa. En España o Reino Unido se ha duplicado en 10 años. Se prescriben indistintamente para la tristeza cotidiana o el duelo”. Es que “hay un consumo indicado por los médicos pero también reclamado por los propios pacientes para problemas relacionados con diversos tipos de conflictos cotidianos, el sufrimiento y el dolor psíquico. Para afrontar un duelo, para paliar el malestar tras una ruptura amorosa, también para los problemas laborales”, advertía al respecto la que por aquel entonces era la presidenta de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN). “Los médicos, los prescriben para afrontar estas realidades, como también para los síntomas leves y moderados”.
En la misma nota se asegura mas adelante que fruto de estudios epidemiológicos realizados en Europa, se observa que desde que en los años noventa la industria farmacéutica y algunas sociedades médicas hicieron programas específicos y campañas de difusión para ayudar a detectar la depresión éstos diagnósticos se han incrementado de manera llamativa. Se reconoce al respecto que al ampliarse los límites de lo que se considera una “depresión”, tras ese constructo, y bajo ese paraguas, hoy se incluye cualquier sintomatología de tristeza o desánimo que se pueda tener, aunque ésta sea sana, legítima y proporcionada. Sería ésta la principal razón por la cual diferentes estudios coinciden en señalar que tanto la detección actual de la depresión, como la prescripción de antidepresivos, son parámetros que actualmente superan por lejos las cifras de prevalencia de esta patología en la población general en comparación con los estudios epidemiológicos clásicos.
En la misma nota se advierte por último que los fármacos para tratar la depresión inducen ciertos estados psicológicos. Suelen producir un distanciamiento emocional, para bien o para mal, de lo que está pasando. En otras palabras, una especie de “anestesia emocional”: “Si estoy tristísimo, una pastilla me viene bien, pero ya no vivo tan intensamente”. Al respecto y como se indica en el mismo prospecto, esta medicación provoca, por ejemplo y entre otras cosas, una pérdida de deseo sexual. Es que todo tiene un costo.
Evidentemente, semejante reducción de la psicopatología actual a una especie de “ciencia física” que concibe a las personas como simples estructuras mecánicas conteniendo un equilibrio químico físico no puede dar cuenta de la complejidad de la vida humana. Sin embargo, todo parece indicar que es esta tendencia a “medicalizar  la vida”, la que prevalece en estos tiempos, de manera particular y por su vulnerabilidad, impactando en el campo de la salud mental. Es así que se patologiza el sufrimiento humano que tan mal se tolera hoy y al que se responde farmacologizándolo.
Repensando la medicalización de la vida desde la perspectiva del pensamiento complejo.
La salud mental constituye un tema complejo y multidimensional al que se abocan diversos campos de estudio, sin que ninguno de ellos pueda por sí mismo agotarlo en su totalidad.
A lo largo de los años -de manera particular- aquello que se considera “normal” o “patológico” ha sido objeto de estudio de la medicina, la psicología, la sociología, la filosofía, entre otras ciencias, de modo tal, que esto ha dado lugar a que se construyan diversas teorías acerca de la génesis y características de ambos estados, reeditando de manera cíclica la vieja antinomia “cultura” versus “natura”, al caer por uno u otro extremo, en simplificaciones de carácter psicologicista, o bien, como se observa hoy avanzando a paso firme, en explicaciones de fuerte sesgo biologicista/innatista. Obviamente -según cual sea el marco teórico referencial que sustente nuestras prácticas- las intervenciones propuestas ante las diversas problemáticas que se presenten en torno a ellos, variarán.
Al respecto, desde el paradigma de un pensamiento complejo, el mismo en el que se apoya la nueva legislación vigente en nuestro país en materia de Salud mental (Ley  Nacional N° 26.657) y con el propósito de hacer resistencia al avance de prácticas tecnocráticas, profundamente desubjetivantes, resulta necesario hoy insistir nuevamente en la necesidad de superar esta falsa dicotomía, para poder pensar la salud mental, desde un enfoque integral de la misma. Es decir, en términos de complejos procesos de construcción que realizan los sujetos en interacción con su medio ambiente social, familiar, y en el que intervienen, de diversa manera, variables y factores históricos y actuales, de carácter biológicos, psicológicos y socio culturales, tal como oportunamente advertía Freud (1917) al desarrollar el concepto de “Series Complementarias”
Pero pensar en términos de “complejidad”[iv] no es sencillo y tiene sus consecuencias. Se trata de una reorganización de todo el pensamiento que produce efectos en la mirada y –por lo tanto- en aquello que es mirado. Requiere en principio disponernos a revisar la concepción de “hombre”, de “vida”, “de salud y enfermedad” sobre la que se apoyan luego nuestras intervenciones.
Pensar en términos de complejidad implica[v]:
- Abandonar aquellos modelos de pensamiento en el que lo “fenoménico” se nos presenta a la manera de un “dato” que puede ser “clasificado” y “ordenado” por su correspondencia con “una causa”.
- Poder aproximarse a las problemáticas en salud mental considerando desde esta perspectiva integral a quien será el destinatario de la intervención clínica, a la manera de una unidad heterogénea, como un sistema compuesto por elementos que no son separables, que no pueden pensarse independientemente unos de otros, que no pueden estudiarse en forma aislada de su historia y contexto.
De esta manera, pensar en términos de Complejidad nos previene de considerar de modo independiente, “disociado”, cada uno de los aspectos particulares de un fenómeno, de modo que ninguna de sus dimensiones, particularmente si nos estamos refiriendo a “fenómenos humanos”, pueda ser pensada de manera aislada, desconectada del resto de la vida y ubicada en el lugar de “la causa”. Porque “la causa”, en todo caso, desde la concepción orgánica que explicábamos anteriormente, se encuentra en el funcionamiento del sistema en su totalidad.
Al respecto, resulta oportuno advertir que -desde esta perspectiva- la complejidad de los procesos de la vida psíquica, tal como sucede con todos los fenómenos humanos en general, no deja lugar a dudas acerca que los mismos tienen un fundamento neurobiológico, pero no solamente.
Para su comprensión, resulta necesario entonces, considerar la multideterminación de variables que inciden en su producción, más allá del dato biológico. Es decir, atender -de manera particular- a las condiciones singulares e históricamente contextualizadas en las que los sujetos manifiestan padecer sufrimiento psíquico, considerando -en este sentido- tanto sus condicionamientos  emocionales (ligados a la  vida afectiva consciente e inconsciente, de la que dependen a su vez las funciones cognitivas), como a su historia y el medio socio cultural en el que éste se encuentre inmerso.
De la medicalización de los malestares de la vida, a la medicalización de la educación y su impacto sobre las infancias.
A contramano de lo que enunciamos en el punto anterior, y retomando con esto lo que se venía planteando en la introducción de este trabajo, hoy se observa de manera preocupante, como se viene instalando desde “cierta ciencia”, un tipo de discurso simplificador y tecnocrático, de fuerte sesgo biologicista, que apoyándose en ese modelo “artefactual” del ser humano que veníamos describiendo, propone pensar a la “mente humana” apelando como metáfora al “modelo computacional”. Desde esta perspectiva, ahora también impactando fuertemente en el campo educativo, se insiste entonces en que, como tal, las funciones cognitivas que de ésta dependen, pueden ser programadas y o re programadas, incluso considerándoselas de manera dislocadas del resto del psiquismo y del mismísimo entorno escolar, en función de las necesidades del Mercado.
De esta manera, descontextualizando-disociando-recortando, se atribuye -por aplicación del modelo de “causalidad lineal”[vi]- toda la responsabilidad por los “problemas” que los niños puedan manifestar en la escuela, a “deficiencias neurológicas y/o genéticas”, o –incluso- a “supuestas” deficiencias neurogenéticas” (para la que hasta la fecha ni siquiera se cuenta con evidencias científicas que la corroboren).
Al respecto, y en atención a diversos desarrollos referidos al fenómeno de la “Patologización y Medicalización de las infancias actuales”[vii], proponemos pensar que intentar explicar los problemas de aprendizajes a partir de grillas de medición de funciones cognitivas “bajo sospecha”, supone una percepción parcial del  “escolar en problemas” que, por esta vía, queda reducido exclusivamente al orden de una estructura biológica a partir de la cual se termina incluso invisibilizando al niño, niña u adolescente.
En efecto, resulta oportuno considerar en relación a este tipo de prácticas tecnocráticas que tienen lugar también en el campo educativo, como este tipo de “evaluaciones” diagnósticas suelen devenir en “etiquetas” en su pretensión de explicar tanto y tan acabadamente al niño, niña u adolescente que manifiesta dificultades para adecuarse a las expectativas escolares, que éstos termina perdiéndose en un “nombre” ( ADD-H; TGD; Disléxico, etc.) que -sin ser el suyo- lo define desde el otro y para el otro (el profesional), que -en ese acto- se arroga el “saber/ poder” de una respuesta en el lugar donde debería haber una pregunta.
En su lugar, reiteramos, desde una perspectiva crítica respecto de este tipo de prácticas y desde la privilegiada perspectiva que ofrece el Paradigma de un Pensamiento Complejo, entendemos a los procesos de aprendizaje como un entramado somato, psíquico y social, de modo que cuando éstos devienen en problemáticos requieren ser abordados desde una perspectiva interdisciplinaria
Resulta fundamental entonces considerar en todo momento que -durante la infancia y la adolescencia- mientras el niño va cursando la construcción de diversos tipos de aprendizajes (sistemáticos y asistemáticos), éstos procesos no se realizan disociados de otros procesos vinculados con el crecimiento y la constructividad corporal inscriptos en un determinado contexto socio cultural –indisociables- de la constitución de su subjetividad.
Y es preciso subrayar esta cuestión, para que se comprenda lo riesgoso que resulta no considerar la historia y las situaciones contextuales en las que emergen las problemáticas del aprendizaje. Así como, los alcances e implicancia de esa tendencia audaz  y ligera, a forzar -en no pocas oportunidades- la “rotulación” o “encasillamiento” de una “problemática del aprendizaje”, adjudicándole un nombre de un “Sindrome”-“Trastorno” o “Déficit”, tal como se observa que viene ocurriendo de manera generalizada bajo la influencia de un “modelo artefactual”( computacional), que -desconociendo las espesuras de la condición humana- piensa  restrictivamente a las funciones cognitivas en términos de relaciones con el sistema nervioso determinadas genéticamente, variable ésta interviniente, sin lugar a dudas, pero -como venimos diciendo- no la agota.
Sólo cuando reemplacemos el modelo interactivo (genoma / fenotipo) por el modelo orgánico, que como se explicó, ubica al genotipo y a la experiencia (la historia, el acontecimiento) como dimensiones heterogéneas de un mismo nivel lógico, es que estaremos en condiciones de salvar al niño de un destino prefabricado por ese “nombre / síndrome/ trastorno” que lo nombra y al nombrarlo, lo constituye en un encierro.
En este sentido, la dimensión ética que conlleva este posicionamiento epistemológico, atiende fundamentalmente a considerar que las consecuencias del modelo de pensamiento que se sostiene tanto en nuestras intervenciones en el ámbito de la clínica, como aquellas que se ejercen desde las escuelas, las recibe el niño.

Bibliografía:
- Benasayag, Miguel. (2010) “Organismos y artefactos” Ed de La Découverte. Paris
- Cangüilhem (1966)  Le Normal et le pathologique, París, PUF. Tr.: “Lo normal y lo patológico”. México
- Dueñas, Gabriela (2013) “Niños en peligro. La escuela no es un hospital”. Ed Noveduc
- Filidoro, N. (2011) “Cuando las etiquetas se tornan invisibles” en Dueñas, G.(2011) “La patologización de la Infancia.¿Niños o Sindromes?”. Ed Noveduc. Bs As
- Sitio Web recomendado. Blog de Laboratorios Sociales en Argentina – LSA-. Director Miguel Benasayag. Coordinadora Académica: Gabriela Dueñas.:


[i] Para referir al “antropocentrismo”

[ii] Cangüilhem (1966)  Le Normal et le pathologique, París, PUF. Tr.: Lo normal y lo patológico, México, Siglo XXI, 1986 ISBN 978-968-23-0183-4.

[iii] Diario El País. Madrid, 2011.

[iv] Siguiendo para esto  y en principio a Edgard Morin

[v] Como señala Norma Filidoro

[vi] Apelando para esto a las descriptas “operaciones de reducción y simplificación”.

[vii] El fenómeno conocido como el de la patologización y medicalización de las infancias y adolescencias actuales refiere a una tendencia de fuerte sesgo biologicista/ innatista, consistente en simplificar problemáticas complejas y de diverso orden con las que en la actualidad nos interpelan los chicos desde las aulas, reduciéndolas a “supuestas deficiencias neurocognitivas” portadas por los mismos. Así, puede observarse cómo, tal como se anticipó, cada vez con mayor frecuencia, se los deriva rápidamente a atención médica-neurológica para que sus ”trastornos” de conducta y o aprendizaje sean eliminados prontamente apelando para esto a tratamientos en base a drogas psicoactivas y o a programas de reeducación y adiestramiento conductual, omitiendo al mismo tiempo, y de manera llamativa, cualquier tipo de consideración a variables de otra índole que pudieran estar interviniendo, como aquellas ligadas por ejemplo (y nada menos) que con sus historias o condiciones de vida sociales, escolares, familiares, etc. Los mecanismos de escisión a partir de los cuales operan estos discursos profundizan así la supuesta brecha existente entre los aspectos cognitivos y socio afectivos que constituyen a los sujetos como tales, en este caso los niños, niñas y adolescentes.